miércoles, 3 de octubre de 2018

Habla Víctor. Señor mío Jesucristo.

 Institución de la Eucaristía.


Señor mío Jesucristo, Dios y hombre verdadero. Cuando te como y bebo nada gusto, siento y veo, pero buena ganancia me llevo.

Señor mío Jesucristo, Dios y hombre verdadero. Son las palabras que pronunciamos frecuentemente en el Credo y así confesamos que Jesús, siendo Dios verdadero, asumió nuestra naturaleza humana y fue, por tanto, también hombre verdadero.

Pero la explicación de lo que realmente quiere expresar Víctor con estas palabras, nos lo explica más adelante cuando habla de que, desde su conversión, le encantaba escuchar cuando se hablaba y ensalzaba a Dios, hasta que llegó un momento en que casi le aburría lo que decían.

Al principio le preocupó lo que le estaba sucediendo, pero por fin encontró en San Juan de la Cruz la explicación que necesitaba y en ese momento exclamó: Me aclaró que por fe, tan alto sentía de Dios, que todos chico me le dejaban. Y es que San Juan de la Cruz habla de la diferencia del Dios que conocemos por nuestra flaca inteligencia comparado con el Dios de la fe, que nos le muestra como es en realidad, con la única diferencia de que aquí le conocemos en tiniebla y allí le veremos cara a cara.

Recibiendo la Eucaristía

Cuando te como y bebo nada gusto, siento y veo: Con estas palabras confiesa su inquebrantable fe en el misterio de la Eucaristía. Nos resultan familiares las horas diarias que Víctor dedicaba a estar con el Señor y de su entrañable amor a la Eucaristía, hasta el punto de no escatimar recorrer varios kilómetros para recibirla. También sabemos que, como adorador nocturno, se pasaba las noches enteras ante el Santísimo.

Esta entrega tan incondicional, nos podría hacer pensar en que, al recibir la Eucaristía, sintiera un gran fervor sensible que le atrajera a comulgar, como les sucedió a algunos santos, como es el caso de San Antonio María Claret, pero sus palabras indican todo lo contrario: comulgaba porque sabía que se alimentaba con el cuerpo de Cristo, aunque nada sintiera, como nos puede suceder al común de los mortales. Esta es la pura realidad, aunque su esposa nos diga que, en sus últimos años, con frecuencia sentía una mejoría al comulgar.

 S. Antonio Mª. Claret. La Eucaristía
era su único alimento algunos días.

Pero buena ganancia me llevo: Si no sentía nada sensible, ni experiencias místicas especiales, ¿por qué esa perseverancia y esos esfuerzos para poder comulgar? Pues por la ganancia que recibía al alimentarse del cuerpo y de la sangre de Cristo. ¡Cómo privarse del alimento que fortalecía su fe! ¿De dónde recibiría fuerza para cumplir la voluntad de Dios, sacrificarse por los demás y soportar todas las dificultades, sino de la Eucaristía?

Por fe tenía la seguridad de que se alimentaba del Pan de Vida y que solamente recibiendo ese alimento de vida, tendría suficiente fuerza para vencer las dificultades y hacer siempre el bien.

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