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sábado, 14 de abril de 2018

Habla Víctor, Confirmación – Confesión – Comunión.

Obispo confiriendo el sacramento de la Confirmación


Prosiguen sus escritos: “El Espíritu Santo se me dio en la Confirmación. Niño era y ya confesé mis pecados. Se me dio en la Comunión Cristo todo entero. Cuantas veces me acercaba, entero se me daba”.

Por la nota marginal que se puso en la inscripción de su bautismo, sabemos que recibió la confirmación el 5 de octubre de 1929 cuando solamente tenía 4 años. La Iglesia prefiere que la Confirmación se administre más tarde, al tratarse de un sacramento que imprime carácter y que es irrepetible. En él, como muy bien dice Víctor, se nos da “El Don del Espíritu Santo” que nos capacita para vivir en plenitud nuestra vida cristiana y para ser testigos y transmisores de nuestra fe.

El canon 891 del Derecho Canónico establece: “El sacramento de la confirmación se ha de administrar a los fieles en torno a la edad de la discreción, a no ser que la Conferencia Episcopal determine otra edad, o exista peligro de muerte o, a juicio del ministro, una causa grave aconseje otra cosa”.

Niño haciendo su primera Confesión

Teniendo en cuenta esta norma, hoy día, suele administrarse en torno a los catorce o quince años, considerados como “edad de la discreción”, pero cuando Víctor recibió la confirmación, al tratarse de un sacramento reservado a los obispos, dada la extensión de las diócesis y la dificultad de las comunicaciones, los obispos aprovechaban las visitas pastorales a las distintas poblaciones de la diócesis para administrar este sacramento a todos los que aún no estuvieran confirmados. De ahí que en una misma celebración se administrase este sacramento a niños, adultos y jóvenes. Lo importante es que, aunque en ese momento no fuera consciente, recibió el “Don del Espíritu Santo” que a su debido tiempo, ya conocemos los frutos que dio en su vida.

Niño el día de su primera Comunión.

El sacramento de la Confesión solía hacerse por primera vez a los siete años, coincidiendo con la víspera de la primera Comunión. Como estos dos sacramentos dependían del párroco, todos los recibían a la misma edad y en la misma fecha, que solía ser en tiempo de Pascua de Resurrección.  Pocos días después, vestidos como el día de la Primera Comunión, acompañaban al Santísimo en la procesión del Corpus Christi por las calles del pueblo.

Para facilitarles el sacramento de la Confesión, acudían sacerdotes de los pueblos vecinos para que los niños pudieran elegir el sacerdote que prefirieran y tuvieran más confianza y menos vergüenza para confesar sus pecados.

Ya en tan tierna edad fue consciente de que en la comunión, lo que recibía era el cuerpo y la sangre de Cristo, como alimento de vida eterna. Y es que para esa edad, gracias a las enseñanzas de la escuela y de la catequesis parroquial, ya conocía de memoria el catecismo y sabía muy bien lo que recibía. Ya sabemos la importancia que dio a este sacramento y cómo le convirtió en el centro de su vida espiritual.




miércoles, 7 de marzo de 2018

Testimonios Begoña (IV)


Tu padre es un santo. Son las palabras que Begoña recuerda de su primera confesión.

Papá se ocupaba también con gran celo de nuestro bienestar espiritual. Buscaba el máximo bien, la salvación de sus seres queridos tratando siempre de ayudar a que todos se acercasen a Dios, procurando ayudar en todas las necesidades espirituales.
A la edad de siete años, fue mi padre quien me llevó a confesarme antes de recibir la Primera Comunión. Me llevó a que hiciera mi primera confesión con el sacerdote que era su confesor. Sólo recuerdo una cosa de aquel día. Las palabras que me dijo el sacerdote: Tu padre es un santo. Tienes un padre que es un santo. Papá tenía entonces 46 años. A mí me quedaron grabadas esas palabras que entonces no entendía su significado.

En distintas ocasiones, queriéndole regalar algún obsequio con motivo del día del padre o por su cumpleaños, le preguntaba qué quería que le regalase, a lo que él siempre respondía: Que te confieses.

Encargaba las Misas Gregorianas por familiares y amigos fallecidos.

Se ocupaba del bien espiritual, no sólo de los vivos, sino también de los difuntos. Siempre encargaba que se celebrasen por los familiares fallecidos las misas gregorianas, que encargaba que se celebrasen en algún monasterio. Su prioridad era siempre la salvación de las almas.

Recuerdo siendo niña que, cuando falleció mi abuelo materno, fue papá uno de los que ayudó a cavar la fosa del abuelo Martín. No faltó en su vida la práctica de ninguna de las obras de misericordia por amor a Dios.  Su fidelidad a Jesucristo, pobre y humilde, le llevó a optar por la radicalidad en la entrega en todos los aspectos de la vida, entrega radical vivida con la gran generosidad, paz y bondad que reflejaba su rostro.
El tiempo que daban de descanso a los trabajadores, él lo ocupaba en orar. Renunció a un ascenso en la empresa donde trabajaba, porque esto le impedía orar en el tiempo de descanso.

 
A  todos sus enemigos perdonó, como Juan Pablo II
Mucho sufrió en la fábrica donde trabajaba a causa de sus compañeros. En alguna ocasión llegó a ser amenazado. Durante un período de tiempo fue delegado de personal, siendo representante de los trabajadores, buscaba siempre defender los intereses laborales de sus compañeros. Cuando los sindicatos comenzaron a introducirse en las empresas, Víctor dejó el cargo de delegado de personal. Según el testimonio de algunos de sus compañeros, él miraba más por el bien de los trabajadores que los sindicatos. Nunca fue a la huelga, buscando solucionar los conflictos por otra vía, incluso cuando se quedó sin trabajo al quebrar la empresa en que trabajaba.


A los compañeros que tanto sufrimiento le causaron, nunca dejó de ayudarles cuando lo necesitaron. Fueron muchos los que acudieron a él a pedirle consejo y ayuda cuando lo necesitaban. A algunos de sus compañeros les ayudaba a hacer la declaración de la renta. Como buen cristiano amó siempre a los que mal le hicieron y nunca les negó su ayuda. Burlas, risas y menosprecios no le faltaron a Víctor de sus compañeros. A todos los amó con amor cristiano.




miércoles, 18 de octubre de 2017

Amor a los enfermos

Victor en su toma de hábito en la Congregación de San Felipe Neri

Como miembro de la Congregación de San Felipe Neri, su principal apostolado consistía en la visita y atención a los enfermos, ministerio que ejerció durante varios años en el hospital llamado actualmente Gregorio Marañón. Allí se le veía ataviado con el distintivo de los miembros de dicha congregación, que era una bata-guardapolvo gris y un crucifijo colgado al pecho. Su amigo Daniel Coronado cuenta:

“Nos poníamos el hábito e íbamos al hospital visitando a los enfermos. Se les llevaba cosas y se les escuchaba. Víctor tenía una gran capacidad para escuchar a los enfermos. E iba también a “Mi Casa”, que era un centro dirigido por las Hermanitas de los Pobres y que está cerca del hospital que ahora se llama Gregorio Marañón. En “Mi Casa” cortaba las uñas a los ancianos y charlaba amorosamente con todos ellos”.

"Mi Casa" de las Hermanitas de los pobres en Madrid

Por esa capacidad de escuchar a los enfermos y por sus muestras de cariño, a Víctor le permitían visitar a los enfermos de la sección de psiquiatría. Una de sus hijas le oyó decir que incluso a los que se encontraban aislados: “Algunos estaban encerrados como en una especie de celdas a causa de su agresividad. Algunos cuidadores les tenían miedo. A él le abrían esas estancias, se acercaba en el nombre de Jesucristo con cariño y amor al enfermo, les mostraba el crucifijo y contaba cómo algunos lo besaban, no mostrando violencia alguna, sino mansedumbre. Víctor no tenía miedo. Y al despedirse de ellos, algunos le estrechaban la mano con todas las fuerzas y hasta lloraban de emoción”.

Visita a un enfermo en un hospital

Cuando iba de vacaciones con su familia a Sabarís (Pontevedra) y durante los años que vivió en Velillas del Duque (Palencia), continuó practicando esa misma obra de misericordia con cuantos enfermos se encontró. Le encantaba pasar largos ratos escuchándoles, que es lo que más necesitan los que tantas horas pasan sin que nadie les escuche, alentándoles en sus pruebas y aprovechando el tiempo para estimular su fe y su esperanza.

Y como la fe y la esperanza son fundamentales a la hora de la muerte, Víctor siempre procuró que se preparasen bien para ese momento y les convencía de la necesidad de recibir el sacramento de la Unción de enfermos. Él mismo se encargaba de avisar a los sacerdotes para que hiciesen una buena confesión y recibiesen la Unción de Enfermos. Su esposa nos refiere uno de esos casos.

Unción a un enfermo

“Viviendo en Velillas del Duque fuimos un día al pueblo donde él había nacido (Quintanadiez de la Vega) y al llegar a su pueblo se enteró de que había en el pueblo un vecino que se estaba muriendo. Se llamaba X y había sido amigo suyo durante los años que vivió en el pueblo, a pesar de que Víctor no faltaba nunca a misa y X solía pasar de ella. Después de saludar al enfermo y charlar un rato con él y con las personas que estaban acompañándole, dijo a los que estaban acompañándole que por favor le dejaran un rato solo con el enfermo, como así lo hicieron. Y no sé lo que le diría. Lo cierto es que, al terminar de hablar con Víctor, pidió confesión y comunión y murió después de confesarse y de recibir la comunión y la Unción de enfermos”.