miércoles, 26 de septiembre de 2018

Florecillas. Mujer muy apañadita.

Víctor y Asunción con sus nietas Rebeca y Sara

Varias veces hemos aludido al testimonio de Carmen Arias relacionado con el amor de Víctor a los pobres, que no se limitaba a buenos sentimientos hacia ellos, sino que les hacía partícipes de su pobreza, e incluso ese amor le llevó a hacer horas extras en la fábrica de Pepsi-Cola para, con esas ganancias, ayudar a los pobres. En esta obra siempre contó con el beneplácito y la colaboración de su esposa Asunción.

El testimonio de Carmen Arias, por el que conocemos esta faceta de Víctor, termina con las palabras con que respondió a las objeciones que ella le ponía por tener tantos hijos a los que atender, diciéndola que “sus hijos comían todos los días mientras había gente que no comía,  y concluyó: Además mi mujer es muy apañadita y se arregla con el jornal”.

Sin duda que a su esposa Asunción se le pueden aplicar estas palabras del Eclesiástico: “Dichoso el marido de una mujer buena: se doblarán los años de su vida. La mujer hacendosa hace prosperar al marido, él cumplirá sus días en paz. Mujer buena es buen partido que recibe el que teme al Señor: sea rico o pobre, estará contento y tendrá cara alegre en toda sazón.
Mujer hermosa deleita al marido; mujer prudente lo robustece; mujer discreta es don del Señor: no se paga un ánimo instruido; mujer modesta duplica su encanto: no hay belleza que pague un ánimo casto. El sol brilla en el cielo del Señor, la mujer bell, en su casa bien arreglada” (Eclo  26, 1-4, 13.16).

Víctor y familiares en Velillas degustando comida preparada por Asunción

Efectivamente, Asunción fue esa mujer buena, hacendosa, hermosa, prudente, modesta, que brilló en su casa bien arreglada, pues se dedicó en cuerpo y alma a trabajar por su familia haciendo feliz a su esposo y a sus hijos.

Como era normal en todos los pueblos de Castilla, desde pequeña aprendió los oficios propios del hogar y a ellos dedicó toda su vida, sin dejar de ayudar a su esposo en otras tareas no tan propias de la mujer, como las agrarias y después en la avicultura.

Pero su dedicación principal fue el hogar. De ella dependía el orden, la limpieza, las compras, el mantenimiento y conservación de los muebles, etc. Sabía hilar, zurcir y coser en una época que nada se desechaba, porque la pobreza no lo permitía, etc.

Asunción y Víctor paseando en Velillas del Duque.

Pero fue en la cocina donde se mostró como auténtica maestra. Con los pocos alimentos disponibles en los pueblos, reducidos casi exclusivamente a cereales, legumbres, hortalizas y la carne de la matanza, principalmente del cerdo, Asunción lograba comidas muy sabrosas que sus hijos y luego sus nietos siempre requerían cuando la visitaban. Con alimentos tan sencillos conseguía siempre platos sabrosos. Pero hubo tres platos que se convirtieron en la especialidad de la casa: las lentejas, los callos y las jijas, sencillos sí, pero a los que daba un gusto tan especial, que ni siquiera sus hijas lograron igualar, por más que lo intentaron. Gastaba poco y daba de comer muy bien.

No es extraño que Víctor admirara a su mujer, tan buena administradora de los escasos recursos y  la dedicara este elogio: “Mi mujer es muy apañadita y se arregla con el jornal” convirtiéndose así en colaboradora esencial en su ayuda a los necesitados sin dejar de atender a los hijos.

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