sábado, 25 de agosto de 2018

Testimonios. José Francisco Rodríguez.

Víctor ( 1º. a la izquierda) con su padre y hermanos. José francisco (el 3º a la izquierda).


Soy carmelita descalzo y hermano de Víctor Rodríguez, del que recojo aquí unos breves datos de su vida en relación con la mía.

El primer recuerdo que tengo de mi hermano Víctor, data  de mi infancia. Él y yo dormíamos juntos y él, lo primero que hacía al levantarse, era ponerse de rodillas sobre la cama y rezar ante un crucifijo que había a la cabecera de la cama, cosa que a mí me edificaba, aunque no le imitaba.

A veces, el párroco del pueblo hacía catequesis general a los niños de edad escolar, y a las preguntas que hacía, era él siempre el que respondía y que respondía acertadamente a todas las preguntas. Eso se debía a que destacaba, con mucho, en inteligencia, sobre el resto de los muchachos de su edad y a que leía la Historia Sagrada que había en casa y que nuestro padre se ocupaba de explicarnos desde niños.

Comiendo con Víctor en Velillas. José Francisco el sentado de espaldas.

A los 15 años se presentó en Palencia a exámenes de ingreso para bachillerato y fue aprobado, pero no pudo seguir los estudios por necesitarle nuestro padre para que le ayudara en las faenas del campo, ya que de nuestros hermanos mayores, uno era militar y al otro le mataron en la guerra. Por ese motivo se vio obligado a ayudar a trabajar a nuestro padre en las faenas más duras del campo desde los catorce años.

A él le debo yo el ser carmelita descalzo, pues a mis 11 años (él tenía 16), entré en el colegio preparatorio de Medina del Campo, cosa que no pudiera haber hecho si él no se hubiera encargado de hacer su trabajo y el que me correspondería a mí haber hecho, en su día, de no haber entrado en el colegio preparatorio.

Cuando yo canté misa, me destinaron de profesor al colegio de Medina del Campo  donde, meses antes, él se había trasladado a vivir y así pudimos vernos con frecuencia durante el tiempo que allí pasamos juntos.

Víctor con José Francisco y Begoña.
Más tarde me trasladaron a Vigo y allí iba, todos los veranos de vacaciones con su familia, por estar yo allí, por lo que todos los años pasaba con él y con su familia, una temporada.

A mi me trasladaron de Vigo a Madrid y allí acudió a mí para que le consiguiera créditos para ampliar el negocio de la granja avícola, cosa que le conseguí a través del Instituto Nacional de Colonización por medio del P. Gaspar, carmelita descalzo de nuestro convento de Valladolid, que tenía gran amistad con el Director en Valladolid, del Instituto Nacional de Colonización. Los créditos eran con unos intereses muy bajos. Así es como logró ampliar las naves de su granja. Luego amplió el negocio comprando un comercio de alimentación, un almacén de piensos (esto a medias con un socio), todo ello en Medina del Campo, y últimamente se hizo con un puesto en unas galerías de alimentación en Madrid, vendiendo así en directo, la producción de huevos de su granja. Tenía dos casas, una en la granja y otra en la calle Maldonado, que está en el centro de la Villa. Todo le iba de bien a mejor, cuando a causa de una crisis nacional avícola, que fue muy prolongada, se quedó del todo en la ruina. Viendo entonces lo inseguro que era todo lo terreno, buscó su seguridad en Dios, a quien se entregó cada vez más del todo hasta el final de su vida.

No hay comentarios:

Publicar un comentario