sábado, 11 de agosto de 2018

Habla Víctor. María en su conversión.


Portada de una edición de El Secreto de María.

Más grave fue cuantas veces pequé. Siempre a ella acudí. De la mano me tomaba y a su Hijo me llevaba. Él siempre me perdonaba. A seguirle me invitaba.

Son las primeras palabras que encontramos nada más acabar de recordar los milagros o intervenciones de la Virgen María para liberarle de la muerte temporal, y las pone para resaltar, que si esas intervenciones de María en su vida fueron muy importantes, mucho más sin comparación fueron las ayudas que le presto en la vida espiritual para liberarle de la muerte del pecado y para acercarle a Jesús.

Más grave fue cuantas veces pequé. Se reconoce pecador. No menciona los pecados concretos con los que ofendió al Señor que tenía muy presentes al escribir estas palabras. Al haber experimentado lo que Jesús sufrió por culpa de sus infidelidades y que sin embargo siempre le perdonó, consideró ese perdón como mayor milagro que el haberle liberado de la muerte corporal.  

Siempre a Ella acudí. María estuvo siempre muy presente en la vida de Víctor desde su tierna infancia, cuando le devolvió la vida a los dos años, hasta el de su muerte con el escapulario de la Virgen del Carmen en su pecho. No hay acontecimiento importante en su vida en que no haya sentido su presencia y su ayuda. Si agradeció a María las veces que le libró de la muerte, ¿cómo no agradecerla aún más, que le ayudara a salir del pecado?

Aparición de la Virgen a San Bernardo.

De la mano me tomaba y a su Hijo me llevaba. Estas palabras, fruto de su experiencia espiritual, coinciden, con la doctrina de San Luis María Grignion de Monfort en “El Secreto de María”, que tenía en su biblioteca y con las palabras de San Bernardo al hablar de María como mediadora y acueducto por el que nos han de venir todas sus gracias, especialmente en las dificultades:

 “Si se levantan los vientos de las tentaciones, si tropiezas en los escollos de las tribulaciones, mira a la estrella, llama a María. Si eres agitado por las ondas de la soberbia, mira a la estrella, llama a María. Si la ira, o la avaricia, o el deleite carnal impelen violentamente la navecilla de tu alma, mira a María. Si, turbado a la memoria de tus crímenes, confuso a la vista de la fealdad de tu conciencia, aterrado por el horror del juicio, comienzas a ser sumido en la sima sin suelo de la tristeza, en el abismo de la desesperación, piensa en María.

De su mano me tomaba y a su Hijo me llevaba.
En los peligros, en las angustias, en las dudas, piensa en María, invoca a María. No se aparte María de tu boca, no se aparte de tu corazón; y para conseguir los sufragios de su intercesión, no te desvíes de los ejemplos de su virtud. No te descaminarás si la sigues, no desesperarás si le ruegas, no te perderás si en ella piensas. Si ella te tiene de su mano, no caerás; si te protege, nada tendrás que temer; no te fatigarás si es tu guía; llegarás felizmente al puerto si ella te ampara; y así, en ti mismo experimentarás con cuánta razón se dijo: Y el nombre de la Virgen era María” (Homilía 2 sobre la Virgen María).

Él siempre me perdonaba. A seguirle me invitaba. Víctor, en sus debilidades y caídas, siempre acudió con confianza a María y nunca fue defraudado. Y María siempre le acercó a Jesús, que no sólo le perdonó, sino que con cariño le invitó a que le siguiera, y así lo hizo.


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