miércoles, 18 de septiembre de 2019

Habla Víctor. Vacaciones en Batuecas.

Monasterio del santo desierto de San José de las Batuecas


De todos los años que pasé mis vacaciones en el desierto, los gozos para mí fueron desconocidos. Todo ello me obligaba más a pedir con tristeza y dolor. El fruto luego venía cuando regresaba al trato con la gente mundana y también con los que luchaban por vivir cristianamente.

¿Cómo se explica que fuera tantos años a pasar sus vacaciones al desierto de Las Batuecas y no a otros lugares más propicios para el descanso, si allí nunca encontraba consuelos ni gozos al menos espirituales?

Orando con tristeza y dolor, pero con confianza.

Allí, aislado del mundo, libre de afanes y preocupaciones, en un clima de silencio y a solas con el Señor, buscaba con sinceridad descubrir su voluntad para cumplirla con fidelidad,  y el Señor, ante tan buen deseo y disponibilidad, lo que le hacía ver era su indignidad, su nada, su pobreza. Y lo hacía para que se purificase de tantas imperfecciones, de tantas manchas que antes le pasaban desapercibidas y ahora descubría ante claridad de la luz divina.

Ante la luz y belleza de Dios aparecían tantas manchas, que se sentía avergonzado y anonadado. Verse tan sucio, tan indigno de Dios, le resultaba sumamente doloroso. El Señor estaba purificando su parte sensitiva, sus gustos, sus instintos, sus imperfecciones, etc., es decir, de lo que San Pablo llama “el hombre viejo”, para que, libre de esas imperfecciones, se sometiera a la parte racional y espiritual, se llenara de virtudes y se transformara en “el hombre nuevo revestido de Cristo”, como desea el Apóstol.

 Jesús preparando a sus apóstoles.

A lo largo de ese doloroso proceso, descubrió que ante Dios todos estamos sucios, todos necesitamos pasar por una profunda purificación, todos somos pobres y como pobres y mendigos, lo único que podemos hacer es acudir a Dios con humildad para que nos libere de tantas miserias. Eso es lo que hacía día tras día: “pedir con tristeza y dolor”, que le limpiase y le transformase en el “hombre nuevo revestido de Cristo”, si esa era su voluntad.

Y el Señor nunca le defraudó. En Batuecas el Señor no le concedía gozos sensibles, pero de allí salía más afianzado en la fe y convertido en apóstol “siempre dispuesto a dar testimonio de su esperanza con sus palabras y sus obras, pero con buenos modos y respeto”, como aconseja San Pedro (1 Pe. 3, 15).


sábado, 14 de septiembre de 2019

Florecillas. Cargado de ropa para ir a misa.

Víctor quitando la nieve para abrirse camino a la Iglesia.


“Por aquí hemos tenido grandes nevadas, ahora muchos hielos y frío, así que para ir a misa me tengo que cargar de ropa; pero más temo a la lluvia; esta, por más que te protejas siempre te mojas. Verdaderamente que hay días que me da miedo ir a Quintanilla, pero poco a poco lo voy superando”.

No exagera nada al hablar de grandes nevadas y mayores fríos y heladas. Desde Velillas del Duque se ven perfectamente los Picos de Europa nevados la mayor parte del año, y al estar situado en plena llanura sin montes cercanos o al menos colinas que le resguarden, son muy frecuentes las nevadas en pleno invierno y el frío es aún más intenso los días claros.

Víctor muy abrigado aun dentro de casa.

Teniendo en cuenta estas circunstancias y que Víctor era muy friolero, hasta el punto de que sus pies en invierno los tenía permanente fríos cuando estaba fuera de casa, como la misa era para él esencial, para poder caminar por la carretera hasta el próximo pueblo en que se celebrara la Eucaristía, generalmente Quintanilla de Onsoña, no tenía más remedio que ponerse mucha ropa y varios calcetines. Si hubiera tenido a mano las pieles de los esquimales no habría tenido reparo en usarlas.

Tal era la cantidad de ropa que se ponía en invierno, que al llegar la primavera, conforme iba aumentando la temperatura, se iba liberando poco a poco de la ropa. Tan notorio era el cambio y tanto llamaba la atención, que algunas mujeres le preguntaban por qué había adelgazado tanto en tan poco tiempo. Era muy sacrificado pero a la vez muy consciente de que más importante y agradable era al Señor su participación en la Eucaristía que el sacrificio. Por eso no dudaba en aparecer con un atuendo que llamaría la atención y algunos hasta le tomarían por chalado.

Víctor trabajando en el patio de su casa, pero bien abrigado.

Más temía los días de lluvia que los días de frío, pues de la lluvia era más difícil defenderse aunque llevase paraguas, especialmente cuando venía acompañada de viento, pero tampoco por eso dejaba de hacer su caminata para ir a dar gracias a Dios y a recibir el alimento de la Eucaristía.

¡Cómo iba a pasar desapercibido a los nobles campesinos semejante comportamiento! Por eso le siguen recordando con cariño y admiración y a muchos les ha ayudado a aumentar su fe.

miércoles, 11 de septiembre de 2019

Testimonios. Carmen Arias (I).


Una muestra de Embotelladora de Pepsi-Cola.


Víctor trabajaba igual que yo en la fábrica Embotelladora de Pepsi-Cola, él como obrero y yo como administrativa. Nos comunicábamos mucho por razón de mi cargo, y sobre todo, porque sintonizábamos espiritualmente, lo cual era de ayuda mutua teniendo en cuenta el ambiente antirreligioso en el que nos desenvolvíamos. Es imposible relatar todo lo que hablamos, que fue mucho y especialmente edificante todo lo que él me decía. Paso ahora, a relatar algunos de los hechos de su vida que más huella dejaron en mí. Son sólo unos cuantos como a manera de muestra.

El primero que recuerdo fue este: Cuando él realizaba horas extraordinarias en la fábrica, entonces, me pedía sobres (yo trabajaba en la administración) para meter dinero en esos sobres y repartirlo entre gente necesitada. Yo le recriminaba que tenía siete hijos y debería guardarlo para ellos, y me contestaba que sus hijos comían todos los días y había gente que no comía. Y me decía también, así textualmente: “Tengo una mujer que es muy apañadita y se arregla con el jornal”.

Parroquia San Juan de la Cruz a la que Víctor se retiró a orar.

Otro hecho de su vida que se me quedó también bien grabado, fue el siguiente: Teníamos un conflicto laboral entre la empresa y los empleados debido a que la empresa quería imponer una nueva ordenanza laboral que los empleados no queríamos aceptar y llevamos el asunto a los tribunales. Víctor y yo éramos los representantes de los trabajadores; él representaba a los obreros y yo al personal administrativo.

Entonces, el día del juicio, antes de llegar a la Sala del Tribunal donde iba a tener lugar el juicio, Víctor entró en una iglesia (La iglesia parroquia de San Juan de la Cruz) y cuando salió me dijo: “Estate tranquila, que vamos a ganar”.

Sala de un juzgado.

Entramos en la Sala, y el Presidente de la Sala me pidió a mí que expusiera el problema. Nosotros llevábamos un abogado para que hiciera eso, pero el Presidente de la Sala dijo que no. Que lo expusiera yo. Yo me eché a temblar por miedo a no hacerlo bien, porque soy una persona nerviosa y no estaba acostumbrada a hablar en público. Me serené inmediatamente y expuse todo el tema claramente con una voz serena, como si me lo estuvieran diciendo. Yo me sorprendí toda la vida de aquello y entendí que había sido un milagro que Víctor había conseguido del Señor cuando entró a hablar con Él a la Iglesia antes de entrar en el tribunal.

sábado, 7 de septiembre de 2019

Habla Víctor. Alegría al oír hablar de Dios.

Sacerdote hablando de los misterios cristianos.

Desde el inicio de mi conversión, cómo me alegraba y sacaba provecho cuando me hablaban de Dios. Pues de pronto todo fue al revés. Aunque no me molestaba que de Él me hablaran, a mí no me decía nada. Me hacía pensar que podía ser demoníaco. El mismo autor (San Juan de la Cruz) me aclaró que por fe, tan alto sentía de Dios, que todos chico me le dejaban. Las que siempre me fueron provechosas fueron las Sagradas Escrituras y la doctrina de la Iglesia.

Curiosa la experiencia de que nos habla Víctor de pasar de una gran alegría cuando le hablaban de Dios a una total indiferencia, y que las edificantes conversaciones no le movieran a sentir más amor a Dios. Era normal que ese cambio tan brusco le preocupase y le hiciera pensar que se trataba de algo provocado por el demonio para alejarle de Dios, pero pronto cayó en la cuenta de que no era nada demoníaco, sino debido a que lo que le decían de Dios, por muy bueno que fuera, era insignificante ante la inmensa grandeza y belleza de Dios. Entonces, guiado una vez más por San Juan de la Cruz, recapacitó que no es el conocimiento sino la fe teologal la única que nos habla y nos muestra a Dios tal como es. Las palabras de San Juan de la Cruz son contundentes:

 Víctor en el locutorio de Sabarís hablando de cosas santas.


Es tanta la semejanza que hay entre la fe y Dios, que no hay otra diferencia sino ser visto Dios o creído. Porque, así como Dios es infinito, así la fe nos le propone infinito; y así como es Trino y Uno, nos lo propone ella Trino y Uno; y así como Dios es tiniebla para nuestro entendimiento, así ella también ciega y deslumbra nuestro entendimiento. Y así, por este solo medio, se manifiesta Dios al alma en divina luz, que excede todo entendimiento. Y por tanto, cuanto más fe el alma tiene, más unida está con Dios” (2 Sb. 9, 1).

Predicador proclamando la palabra de Dios en una procesión.


Víctor, que ya había pasado la “noche oscura” y había purificado su entendimiento, memoria y voluntad mediante las tres virtudes teologales de la fe, la esperanza y la caridad, se dio cuenta de que son estas tres virtudes las que nos muestran a Dios tal cómo es, y que todo lo que de Él podamos conocer o sentir mediante el conocimiento, la memoria y la voluntad, está muy lejos de esa realidad.

Víctor, no solamente había leído en San Juan de la Cruz, sino también experimentado en sí mismo que, “es tanta la semejanza que hay entre la fe y Dios, que no hay otra diferencia sino ser visto Dios o creído”.

miércoles, 4 de septiembre de 2019

Florecillas. Invitación a sus nietos.

Raquel y Carlos el día de su primera Comunión en Móstoles.


Como estaréis de vacaciones, si queréis venir con los abuelos cuando lo deseéis, voy por vosotros, siempre que esté como hoy de salud. Pedirle al Niño Jesús, primero por vuestros padres, abuelos y tíos, también por vuestros primos. (Vida… pag. 84)

Sus dos nietos mayores, Raquel y Carlos, a los que alude en esta invitación, vivían en Móstoles, localidad muy cercana a Madrid, y a Víctor le encantaba visitarles cuando podía, pero por esas fechas ya habían comenzado los achaques que le impedían acercarse con la frecuencia que él deseaba.

Carlos, el primeo de la izquierda y Raquel el día de su toma de hábito.

Pero como sabía que a ellos también les encantaba salir de casa e ir unos días con los abuelos, a pesar de sus achaques, les invita a pasar unos días en su hogar en el barrio Oroquieta de Madrid, y para que los padres no pusieran la excusa de que no podían llevarlos, él mismo se ofrece para ir a buscarlos.

Su cariño sincero a esos nietos le hace olvidar sus achaques y limitaciones, pues era consciente de que si les invitaba  a pasar unos días en su hogar, era para atenderles,     acompañarles y compartir sus juegos, no sólo para ofrecerles algún regalo de Navidad. Es verdad que por esas fechas sus dos hijas más pequeñas, Begoña y Eva todavía vivían en el hogar y podrían jugar con ellos y sacarles a pasear, que es de lo que más ilusión hace a los niños, pero seguro que quien más tiempo y cariño les dedicaron, fueron los abuelos y que, en concreto Víctor, para que dejaran libre a la abuela Asunción y les preparase una buena comida, era él quien les sacaba a pasear y a jugar por los parques más cercanos y a obsequiarles con algunas golosinas, pero aprovechando, eso sí, la oportunidad para hacer también una breve visita a la parroquia de San Clemente Romano.

Carlos con su hijo Víctor en brazos y con los abuelos.

Víctor, a la vez que gozaba viendo felices a sus nietos, aprovechaba la oportunidad para sembrar en sus corazones buenos sentimientos y para enseñarles que su mejor amigo era Jesús. Así que, dentro del recorrido lúdico, no faltaba una breve visita a la iglesia parroquial para saludar al Niño Jesús, el mejor amigo. Lo hacía con tanto cariño, delicadeza y espontaneidad, que no les resultaba pesado, pues lo religioso iba unido a lo lúdico. Por eso les encantaba pasear con el abuelo, porque les mimaba y compartía con ellos sus juegos con alegría. Se sentían queridos y valorados.