sábado, 16 de febrero de 2019

Testimonios. P. Julián Sánchez Ortiz.

P. Julián Sánchez Ortiz, Carmelita Descalzo.


El libro Vida impactante de un cristiano de a pie, me ha servido para conocer y admirar más a tu hermano Víctor, sobre todo en la faceta de escritor, que desconocía. Por lo demás, yo no conocí –lo que se dice conocer, conocer- a tu hermano Víctor, pues aunque fui profesor de dos de sus hijos (José Francisco y Martín) y alguna vez le saludara, no tuve relación especial con él como padre, dado que esto era encomienda del Director o Subdirector del Seminario.

Víctor y Asunción en la Iglesia de las carmelitas en Sabarís.

Eso sí, por los años 1988 al 1990, en que fui confesor de nuestras Madres Carmelitas de Sabarís, cuando a eso de las 10,00 horas yo llegaba, él ya estaba en la Iglesia en ración y cuando terminaba, a eso de las 13,00 horas, aún seguía. En la mayoría de las ocasiones, con la amabilidad y serena sonrisa que dibujaba siempre su rostro, salía a despedirme y preguntarme por los religiosos de Vigo.


P. Julián Sánchez Ortiz con sacerdotes en Talavera de la Reina.

Ciertamente llamaba la atención este su hacer, y denotaba la profundidad de su vida interior. Este es mi recuerdo y mi ECO del libro, que reafirma el criterio que tenía sobre tu querido hermano Víctor. Es decir, para mí, es un santo de cuerpo entero.

miércoles, 13 de febrero de 2019

Habla Víctor. Aquel que en su Verdad me conoció.

Santa Teresita, pregonera del amor misericordioso de Dios.

Aquel que en su Verdad me conoció, con caridad me trató y todo me lo perdonó.

Unas palabras de Santa Teresita pueden servirnos de clave para entender la experiencia que Víctor manifiesta en estas palabras: “¡A mí Dios me ha dado su misericordia infinita y es a través de ella como contemplo y adoro las otras perfecciones divinas! Entonces todas me parecen radiantes de amor, incluso la justicia –y quizá más que ninguna otra- me parece revestida de amor. Qué dulce alegría pensar que el Buen Dios es justo, es decir, que tiene en cuenta nuestras debilidades, que conoce perfectamente la fragilidad de nuestra naturaleza. Por tanto, ¿de qué habré de tener miedo?” (Ms A, 83v-84r).

Aquel que en su Verdad me conoció, no es otro que Dios Padre comprensivo y misericordioso que conoce nuestras debilidades y goza ayudándonos a superarlas, el amigo que nunca nos abandona, y menos en los momentos de caída. ¡Goza perdonándonos!

Dios Padre acogiendo al hijo pródigo.

La misma Santa Teresita, contestando a un misionero que la había expuesto su temor ante el juicio de Dios por sus infidelidades le dice: “Yo espero tanto de la justicia de Dios como de su misericordia. Precisamente porque es justo, Él es compasivo y lleno de ternura, lento en castigar y rico en misericordia. En efecto, conoce nuestra fragilidad y se acuerda de que somos polvo. Como un padre siente ternura por sus hijos, así el Señor siente compasión de nosotros (Sal 102, 8. 14). Hermano mío, esto es lo que pienso de la justicia del buen Dios. Mi camino es un camino completamente de confianza y de amor; no entiendo a las almas que tienen miedo de un Amigo tan tierno” (Lt 226).

Gozando del amor del Padre misericordioso.

Víctor experimentó como pocos, que sus debilidades, las faltas que cometía, no eran más que caídas ante las que, Dios Padre, lo que hacía, era curar las heridas sufridas en esas caídas, como haría todo buen padre, y en cuanto a amor de padre, ninguno se puede comparar al de Dios Padre. ¡Cómo no sentirse perdonado por Padre tan tierno y misericordioso!



sábado, 9 de febrero de 2019

Florecillas. La abuela Ramona (I).

La abuela Ramona.


“Al lado de los padres y hermanos de Víctor, hay que citar a la abuela paterna llamada Ramona Navarro, que era un encanto de mujer. Era una persona muy buena, que no se metía con nadie; nunca la oyeron hablar mal de nadie. Y todos los que la conocieron, fueran o no de la familia, la apreciaban como lo que era: la bondad en persona.

Pasaba muchas horas, bien con libros espirituales o de devoción, bien con el rosario en la mano. Su tarea diaria era levantarse temprano; hacía sus labores e iba todos los días a misa en ayunas, como era entonces obligado, comulgaba a diario. Y cuentan también que se llevaba la llave de la puerta de la casa, que era de hierro, como las que aún se ven en las puertas de las iglesias, y usaba esta llave para ponérsela debajo de las rodillas como penitencia.

 Interior de la Parroquia de Villota del Páramo.

A la vuelta de Misa desayunaba y ya no volvía a comer nada hasta muy tarde. Sólo hacía dos comidas al día. En el invierno sólo tenía encendidos cuatro palitos de leña. En cambio en Navidades, cargaba la lumbre para calentar al Niño Jesús, cuya imagen ponía cerca de la lumbre. Y así ofrecía aquel su frío al Niño que era la luz y el calor del mundo. ¡Florecilla divina esta la de la abuela Ramona!

Y su grandeza de espíritu se manifestaba también en el dolor que le producía la guerra civil española, porque era una guerra fratricida, y para ella esto era lo más terrible. Que se matasen unos hermanos a otros. Ella no estaba de acuerdo ni con una banda ni con la otra, por estar ambas en guerra fratricida, pero se sentía hermana por igual de una y otra banda como una madre no ve bien que sus hijos se peleen unos contra otros, pero les quiere por igual a los unos y a los otros. Así quería ella a ambas bandas, y eso a pesar de que murió en la guerra uno de sus nietos. Ramona sintió mucho la muerte de su nieto, pero nunca estuvo resentida contra el bando que le ocasionó la muerte y murió sin entender cómo era posible que pudiera haber una guerra a muerte entre hermanos.

Natalio, hermano de Víctor y nieto de Ramona, muerto en la guerra civil.

Aquellas nuestra abuelas castellanas que eran las catequistas domésticas que nos instruían y nos llevaban al Señor y nos enseñaban a rezar, ¿quién las puede olvidar? San Pablo, escribiendo a su discípulo Timoteo, le recuerda la fe no fingida que estaba en él, y que primero “fijó su morada en tu abuela Loide” (2Tim 1, 5); de modo parecido, Víctor mencionaba con frecuencia a “su abuela Ramona que le enseñó mucho de la fe, oraciones y decía que era una santita”. (Tomado del P. José Vicente Rodríguez en “Vida impactante de un cristiano de a pie”).




miércoles, 6 de febrero de 2019

Testimonios. Daniel de Pablo Maroto.

P. Daniel De Pablo Maroto.


Querido José Francisco: He recibido la VIDA de tu hermano Víctor, escrita por el P. José Vicente a la que he dedicado un tiempo suficiente para conocer mejor el personaje al que estás dedicando estos años de vida. Me parece una causa loable y noble. Sigue adelante y que otros te sigan en el empeño. Necesitamos “Testigos”, maestros de vida, más que charlatanes de barrio que “dicen y no hacen”, o no hacemos.


Desierto de Las Batuecas donde conoció a Víctor.

En cuanto a “mi testimonio” a favor de la causa sobre la vida de Víctor, bien poco puedo aportar. Cuando llegué de Roma en el año 1963, para cantar la primera misa en Medina del Campo rodeado de la familia y amigos, el nombre de tu hermano sonaba mucho entre los frailes y seglares como empresario y persona rica. Mi padre me hablaba mucho de él como persona trabajadora y buena.

Mi trato fue muy de paso en Medina. En Batuecas coincidí con él varios años, porque yo suelo ser habitual visitante y estante en el desierto, pero ya sabes que el silencio y la soledad nos impiden un trato personal. Es verdad que tanto en Medina, como en Batuecas, noté que era un hombre tenido por muy buena persona, no me atrevería a decir que fuese tenido por un “santo”, en el sentido plenario de la palabra. En Batuecas sí le noté siempre como un hombre recogido y orante que nos acompañaba en los actos de comunidad.

Víctor en una celda de Las Batuecas.

¡Cuánto me gustaría haber tenido un trato más frecuente y fecundo con él! Me alegra que sigas adelante con tu trabajo constante y espero que algún día dará sus frutos. Sería hermoso que un “carmelita seglar” llegase a los altares, ahora que tenemos tanta penuria de vocaciones a la primera orden, a la segunda y a la tercera. Que Dios te bendiga y aliente tu trabajo. Gracias por el envío de la biografía de Víctor.

sábado, 2 de febrero de 2019

Habla Víctor. Quien de mí mal hablara.


Cristo humillado y despreciado.

Quien de mí mal hablara, corto se quedaba. Si mejor me conociera, peor lo hiciera. Muchas veces injustamente lo hicieron, otras tantas omitieron. Quien de mí mal hablaba, nada me rebajaba. El que bien lo hiciera, en nada me mejoraba.

Para quienes no estén muy familiarizados con los escritos de Santa Teresa y para quienes sí lo estén para recordarlas, citamos unas palabras de Santa Teresa en Camino de Perfección como la mejor explicación para entender la experiencia de que habla Víctor:

Santa Teresa arrodillada ante Jesús humillado.

“Nunca oí decir cosa mala de mí que no viese quedaban cortos; porque, aunque no era de las mismas cosas, tenía ofendido a Dios en otras muchas, y me parecía habían hecho harto en dejar aquéllas; y siempre me huelgo yo más que digan de mí lo que no es, que no las verdades. Ayuda mucho traer esta consideración de lo mucho que se gana por todas vías, y cómo nunca –bien mirado- nunca nos culpan sin culpas, que siempre andamos llenas de ellas, pues “cae siete veces al día el justo” (Pro. 24, 16), y sería mentira decir no tenemos pecado. Así que, aunque no sea en lo mismo que nos culpan, nunca estamos sin culpa del todo, como lo estaba el buen Jesús” (C 5, 3-4).

Norma de oro para no perder la paz ante insultos y humillaciones por cosas que además no hemos hecho, es recordar que en realidad “nunca nos culpan sin culpa”, pues aunque sea falso lo que dicen contra nosotros, si somos sinceros, tenemos que reconocer que excepto Dios, nadie conoce nuestras grandes infidelidades, que de ser conocidas, si nos avergonzarían de verdad.

 Humilladero en Quintanadiez de la Vega,  lugar de penitencia.

Teresa de Jesús y Víctor procedían así por haber meditado y hasta llorado muchas veces al considerar a Jesús insultado, despreciado, abofeteado y condenado a muerte por blasfemo. ¡Nada menos que Jesús condenado a muerte por blasfemo!

Seguramente Víctor se haría más de una vez la misma pregunta que Santa Teresa: “¿Es posible que yo he de querer que sienta nadie bien de cosa tan mala, habiendo dicho tantos males de Vos, que sois bien sobre todos los bienes?...Dadme Vos luz y haced que con verdad desee que todos me aborrezcan, pues tantas veces os he dejado a Vos, amándome con tanta fidelidad”. (C. 5, 5).