miércoles, 3 de febrero de 2021

Habla Víctor. Oración quietud de quietud.


El niño sólo necesita abrir la boca.

Esta es más apetitosa: El alma se encuentra sin orar vocalmente, ni meditar, estando a solas con el Señor, amándole en su corazón; aquí la mente tiene poco que hacer, solamente es dejarse amar. Este amor puede ser sensible o solamente estar a solas con Dios. Esta oración es verdaderamente silenciosa. Por ello hay que escuchar al Espíritu Santo que habla sin palabras y se graban en ella sin saber cómo. En estos momentos, la actitud del alma debe ser como un niño cuando se alimenta, que lo único que necesita es abrir la boca y tragar. En el salmo 80 se lee cómo le pide Dios al pueblo de Israel que abra la boca para llenársela. Es tiempo de recibir, olvidarse de dialogar, ni pedir nada; allí estás recibiendo más que puedes pensar ni desear. Te quedará hambre y sed de Dios vivo, y buscarás al Señor en gozo, o en sufrimiento. 

Camino de Perfección
de Santa Teresa de Jesús.

Para entender lo que aquí nos dice Víctor, les recomendamos que lean el capítulo tercero de la cuartas Moradas y el 31 de Camino de Perfección de Santa Teresa del que tomamos estas palabras: “El Señor ha querido dármelo a entender, por ventura para que os lo diga –esta oración de quietud, adonde a mí me parece comienza el Señor- como he dicho, a dar a entender que oye nuestra petición, y comienza ya a darnos su reino aquí, para que de veras le alabemos y santifiquemos su nombre y procuremos lo hagan todos. Es ya cosa sobrenatural y que no la podemos procurar nosotros por diligencias que hagamos; porque es un ponerse el alma en paz, o ponerla el Señor con su presencia por mejor decir, como hizo al justo Simeón, porque todas las potencias se sosiegan. Entiende el alma, por una manera muy fuera de entender con los sentidos exteriores, que ya está cebe su Dios, que con poquito más llegará a estar hecha una misma cosa con Él por unión. Esto no es porque lo ve con los ojos del cuerpo ni del alma. Tampoco lo veía el justo Simeón más del glorioso niño pobrecito; que en lo que llevaba envuelto y la poca gente con Él que iban en la procesión, más pudiera juzgarle por hijo de gente pobre que por Hijo del Padre celestial; mas dióselo el mismo Niño a entender.

Y así lo entiende acá el alma, aunque no con esa claridad; porque aun ella no entiende cómo lo entiende más de que se ve en el reino –al menos cabe el Rey que se le ha de dar- y parece que la misma alma está con acatamiento aun para no osar pedir” (C.31, 2).



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