miércoles, 15 de enero de 2020

Habla Víctor. Mendigo todos los días

San Agustín, Santo Padre y Doctor de la Iglesia


Como los mendigos iban de puerta en puerta mendigando un mendrugo de pan, así mendigo yo todos los días, buscando donde se encuentra, hasta comerle y beberle.

Hoy día se ha perdido la costumbre que tenían los pobres de ir pidiendo limosna de puerta en puerta, especialmente en los pequeños poblados, como se hacía cuando Víctor era joven. Esa imagen del mendigo llamando de puerta en puerta buscando el alimento, le sirve muy bien para explicar lo que a él le sucedía con la Eucaristía.

Los testimonios de quienes le conocieron coinciden en que la Eucaristía no la perdía nunca. Necesitaba ese alimento y no escatimaba esfuerzos hasta conseguirlo. Así lo mostró de manera fehaciente durante los doce años que vivió en Velillas del Duque teniendo que desplazarse casi todos los días varios kilómetros para conseguirlo.

¿Por qué ese afán? Podemos encontrar una buena explicación en las palabras de San Agustín en su tratado sobre el evangelio de San Juan que dicen: “Nadie puede venir a Mí, si no lo atrae el Padre. (Jn 14, 6). No vayas a creer que eres atraído contra tu voluntad; el alma es atraída también por amor. Tal vez nos dirán: “¿Cómo puedo creer libremente si soy atraído” Y yo les respondo: “Me parece poco decir que somos atraídos libremente; hay que decir que somos atraídos incluso con placer”.

Víctor siempre se sintió atraído por la Comunión.
¿Qué significa ser atraídos con placer? Sea el Señor tu delicia, y Él te dará lo que pide tu corazón. Existe un apetito en el alma al que este pan del cielo le sabe dulcísimo. Si el poeta pudo decir: “Cada cual va en pos de su apetito”, no por necesidad, sino por placer, no por obligación, sino por gusto, ¿no podremos decir nosotros, con mayor razón, que el hombre se siente atraído por Cristo, si sabemos que el deleite del hombre es la verdad, la justicia, la vida sin fin, y todo esto es Cristo? ¿Acaso tendrán los sentidos su deleite y dejará de tenerlo el alma?

Preséntame un corazón amante, y comprenderá lo que digo. Preséntame un corazón inflamado en deseos, un corazón hambriento, un corazón que, sintiéndose solo y desterrado de este mundo, esté sediento y suspire por las fuentes de la patria eterna, preséntame un tal corazón, y asentirá en lo que digo. Muestra una rama verde a una oveja, y verás cómo atrae a la oveja. Enséñale nueces a un niño, y verás cómo lo atrae también, porque “cada cual va en pos de su apetito”. ¿No va a atraernos Cristo revelado por el Padre?”. Víctor se sentía atraído a la Eucaristía por amor.




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