miércoles, 22 de enero de 2020

Florecillas. Vivir las Fiestas Litúrgicas.

Navidad. Jesús nace pobre y humilde.


Una monja contemplativa, le escribió en enero de 1984 deseándole “que viviese las fiestas litúrgicas del año”, y Víctor le contesta rápidamente: Si así no lo hiciera, ¿qué hijo de la Iglesia sería? Esta es una de las gracias que el Señor nos concede a los que luchamos por caminar en su servicio, el aprovecharnos del contenido de todas las fiestas que conmemoran toda la vida y pasión del Redentor y su Santísima Madre.

Por sus escritos y por muchos testimonios de personas que le trataron, sabemos que Víctor vivió con fe y devoción todas las celebraciones de los misterios. Sabía muy bien que las celebraciones de la Iglesia no son meros recuerdos de hechos pasados, como sucede cuando se celebran los días de héroes nacionales, por ejemplo, sino la actualización de los misterios, y por tanto, con el mismo valor salvífico que cuando tuvieron lugar.

Las fiestas que con mayor amor celebraba, eran las de Navidad y las de Semana Santa. Aunque cada misa tiene un valor infinito, por renovarse el misterio de la pasión, muerte y resurrección y por eso participaba cada día, las fiestas de Navidad y Semana Santa las celebraba con más fervor.
 
Semana Santa. Jesús instituye la Eucaristía y muere por nosotros.


En Navidad centraba sus meditaciones en los esfuerzos, sacrificios y humillaciones que tuvieron que pasar María y José al llegar a Belén y ser rechazados por todos y no poder encontrar un lugar para el nacimiento del Hijo de Dios por ser pobres. Pero lo que le anonadaba, era ver nacer al Dios hecho hombre en una cuadra y que su cuna fuera un pesebre en el que se echan los alimentos a los animales. ¡Cómo Dios, el creador y dueño de todo cuanto existe podía nacer en una cueva de animales! Por eso Víctor vivió pobre y amó a los pobres, porque en ellos veía al Jesús pobre. Y cuando su esposa, al quedar embarazada de la última hija viviendo en una casa muy pequeña le dijo: ¿Y dónde la colocaremos si no hay sitio? Él, con toda paz le contestó: Seguro que tendrá mejor sitio que el Niño Jesús en Belén.

Lo mismo sucedía con la celebración del Triduo Pascual. Sus hijas recuerdan las horas que se pasaba Jueves y Viernes Santo en presencia del Santísimo en actitud de profunda adoración y cómo ayunaba a pan y agua.

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