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| Escena del hijo pródigo según Rembrand. |
Todos conocemos bien la parábola del hijo pródigo. Todos conocemos bien como pidió a su padre todo lo que le correspondía para irse fuera del hogar a gastarlo con amigotes y mujerzuelas.
Después de un tiempo llevando una vida de despilfarro, se quedó sin dinero, sin amigotes y sin mujerzuelas, y se dijo: Volveré a casa de mi padre, y sin pensarlo dos veces, se puso de inmediato en camino hacia la casa de su padre. Y tal como lo pensó, así lo hizo.
Su padre había sentido tanto su partida, que soñaba con su regreso tanto, que todos los días miraba a lo lejos por si un día le veía regresar, y cual fue su alegría cuando le vio venir a lo lejos. ¿Y qué hizo el padre cuando le vio venir a lo lejos? Salió corriendo a su encuentro y le dio un abrazo tan fuerte y tan amoroso, que después de haber pasado tantos siglos como han pasado desde entonces, aún le recordamos como si lo estuviéramos viendo.
Grande fue la pena que el padre recibió cuando su hijo tan querido se le fue de casa, pero fue incomparablemente mayor el gozo que sintió al tenerle de nuevo entre sus brazos. Así es el gozo que hay en el cielo por cada pecador que se convierte. El padre del hijo pródigo recibió con gran alborozo al hijo que después de años de ausencia regresa al hogar paterno, al darse cuenta de que no hay en el mundo ningún lugar donde se viva mejor que en la casa del padre, pero le hubiera hecho más feliz si no hubiera salido nunca de la casa paterna.
Eso mismo es lo que le sucede a Dios con nosotros cuando nos escapamos de la casa de Dios nuestro Padre. Que nos recibe amorosísimamente siempre que volvemos a Él después de haberle abandonado, pero preferiría que nunca nos hubiéramos apartado de su lado. ¡Así de Padre es Dios nuestro Padre!

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